El día que Rajoy mató a Kant

LD
Como sus ya innúmeras antecesoras, muerta nada más nacer, la llamada Ley Wert acaba de instalarse en el BOE a la espera de su anunciada derogación por el próximo Gobierno socialista. Apenas un suma y sigue, pues, en el crónico vaivén errático de la educación en España. Tediosa guerra interminable, la de PSOE y PP a cuenta del modelo escolar y pedagógico, que acaso induzca a error a los no advertidos. Y es que, dada la virulencia de la riña, podría tenderse a creer que izquierda y derecha postulan proyectos docentes radicalmente contrapuestos por lo distintos y distantes entre sí. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. Porque, contra lo que pudiera parecer, lo que con tanta pasión cainita se dirime en la Cortes cada dos por tres no es el combate entre un proyecto progresista y otro fiel a una cosmovisión más o menos conservadora.
Bien al contrario, si en algo coinciden las propuestas docentes de PSOE y PP es en su común repudio hacia la tradición intelectual conservadora. Nadie se engañe, el nasciturus de Wert no resulta menos progresista en su concepción de la enseñanza que cualquier norma pareja alumbrada por el Maravall de turno. Valga como muestra que el certificado de defunción de la filosofía como materia de estudio en el bachillerato no lo ha extendido un Gobierno presidido por Leire Pajín, sino por Mariano Rajoy Brey. Prueba de que en la llamada derecha no hay un solo conservador. “La idea de Escuela es, en primer lugar, la de una iniciación seria y ordenada en una herencia intelectual, imaginativa, moral y emocional”. ¿Quién en el Partido Popular recuerda hoy esas palabras al respecto de Oakeshott, el pensador conservador más importante del siglo XX? Nadie.
Si la izquierda sueña convertir las aulas en una guardería, la llamada derecha fantasea con transformarlas en una fábrica. Los unos quieren producir en serie clones de Peter Pan; los otros, rebaños de auditores, fontaneros, ingenieros informáticos y… espectadores de Tele 5. Pero ni a unos ni a otros les interesa lo más mínimo formar personas, el objetivo primero de la educación a lo largo de los últimos veinte siglos. Precisamente para eso, para forjar seres autónomos y racionales en las antípodas de la carne de cañón a merced de los demagogos de turno, se implantó la filosofía en el sistema educativo. Quién sabe, quizá la misma razón que ha impulsado a suprimirla ahora. “¿Kant? ¿Y ése en qué equipo juega?”, se preguntarán a no tardar las víctimas de Rajoy.

noviembre 29, 2013

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