Consejeras de Educación sin hijos

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RESULTA significativo que las dos consejeras catalanas de Educación más beligerantes en materia lingüística de los últimos años no tengan hijos. Me refiero a Irene Rigau y Carme Laura Gil, mujeres de fuerte carácter y políticamente tan cualificadas que habrían optado a cargos gubernamentales aunque Convergència no hubiera aplicado la paridad en sus listas electorales. Lo malo es que el «coaching» nacionalista que Rigau y Gil imponen es tan visceral que en Cataluña se ha llegado a un punto en que es más importante defender la inmersión que atacar el fracaso escolar, que lo hay, y mucho: más de un 20%. Es esta cifra, y no un sistema trilingüe, lo que realmente pone en peligro la convivencia. Es el rechazo oficial a una lengua igualmente oficial lo que supone un atentado a la paz social. Es la insensibilidad institucional hacia una, tres o 17 familias que desean respeto para una lengua materna la que genera división.

Puede que determinados padres, convencidos de que hacen lo mejor para sus hijos, no calibren las consecuencias mediáticas de defender públicamente sus derechos, pero la máxima responsable en enseñanza en Cataluña sí sabe moverse en este terreno. Y si realmente tuviera sensibilidad educativa, hace tiempo que Irene Rigau habría mantenido una conversación con esas familias sin connotaciones políticas, pedagogas o psicológicas.

Pero no, la prioridad no es atender las necesidades del alumnado, sino mantener un sistema de inmersión, éste sí, intocable. La Constitución puede reformarse, por supuesto. Pero no las normas lingüísticas aprobadas hace más de 30 años. Y si de interpretaciones va la cosa, hay que recordar que la ley de política lingüística no prohíbe el castellano. Y mucho menos, un modelo trilingüe.

Conviene destacarlo porque ese grupo de jóvenes de la CUP que, el pasado jueves, hizo un amago de escrache al presidente de Ciutadans, Albert Rivera, en La Garriga (Barcelona) por defender la enseñanza en inglés, castellano y catalán, son hijos de la inmersión y de la inmadurez democrática. Y no me refiero a que sean antidemocráticos -que también, pues hablamos del acoso de un grupo parlamentario a un diputado con el que se comparte escaño-, sino a su bisoñez política, pues hay que tener pocas tablas para no prever que, con esa protesta, lo único que se iba a conseguir era doblar el aforo del acto.